
El domingo por la mañana me desperté sin noticia alguna del Sevilla-Getafe. Había visto con unos amigos el Madrid-Atleti y luego nos fuimos de bares. Un día más de sábado, pensaba yo, como tantos otros. Por la mañana me desperté (quizá decir por la tarde sea más exacto) y mi padre me dijo "Viste lo que le pasó ayer a Puerta, el del Sevilla". Cuando me lo explicó, me quedé ciertamente sorprendido, pero no quise darle más importancia. Creí, o quizás quise creer, que todo quedaría en un susto. ¿Cómo un desmayo va a significar algo serio en un campo de primera división?
Sin embargo durante el día las noticias que iban llegando no eran buenas. Primero no había sido un simple desmayo, sino una parada cardiorespiratoria. Antonio se recuperó, pero desgraciadamente era sólo el principio. La última imagen que nos quedará de él fue de como salía por su propio pie del campo, con cara de mala leche porque le habían tenido que cambiar.
A partir de ahí, todo fue a peor. Nuevas paradas, noticias confusas, y un inquietante presentimiento que poco a poco se fue convirtiendo en una certeza. Las cosas no iban bien, el corazón de Antonio fallaba una y otra vez, y aunque los servicios médicos hacían lo que podían, su estado se agravaba.
Desde esta mañana, todos sabíamos en nuestro interior que habías perdido tu último partido, el más importante, pero también (y con mucho) el más difícil. La vida no siempre es justa, y a veces la (mala) suerte se ceba con quien menos te lo esperas. Un chaval de 22 años, con un hijo a punto de nacer, lleno de garra, de espíritu de lucha... Todos nos preguntamos por qué, que hizo que la rueda de la fortuna te diera la espalda como te la dio, en el mejor momento de tu vida. Nos resistimos a pensar que la vida pueda ser puro azar, aún cuando todo hace indicar que, efectivamente, lo que determina nuestra vida o nuestra muerte en muchos casos es poco más que una tirada de dados, un lanzamiento de moneda, o cuestión de sacar el naipe equivocado de la baraja. Injusto. Horrible y absurdamente injusto.
Hoy todos los aficionados al fútbol estábamos unidos. No había bromas piques amistosas, ni tampoco esas malas palabras que, por desgracia, muchas veces genera el fútbol. Hoy todos sentíamos que algo se nos iba, y que, al menos durante algún tiempo, nada volvería a ser como antes en nuestra Liga. Un compañero de foro decía "No me hago a la idea de ver una alineación del Sevilla en la tele y no ver el nombre de Puerta en la banda izquierda". Creo que todos sentimos algo así.
En uno de esos cómics que acumulo por docenas en mi habitación, una hermosa mujer dice a uno de mis personajes favoritos, Dwight McCarthy, una hermosa frase. "Recuérdame, Dwight, porque dicen que uno nunca muere del todo si alguien se acuerda de tí". Quien sabe, tal vez sea cierto. Si lo es, nunca morirás del todo Antonio. Siempre recordaremos aquel día donde Europa se levantó del sillón cuando humillaste a la defensa de mi Barça en Mónaco, o aquel día en que Andrés Palop primero y tú después convertisteis un partido perdido en el pasaporte a la final donde levantasteis vuestra segunda Copa de la Uefa consecutiva. O también, por desgracia, esa imagen tuya desplomado en el suelo, con tu compañero Dragutinovic intentando evitar que te asfixiaras con tu propia lengua. Sea como sea, siempre te recordaremos; por lo que fuiste, por lo que pudiste llegar a ser. Por tu hijo, al que no llegaste a conocer por muy poco, que merece saber quien fue su padre para poder sentirse muy orgulloso de él.
Soy consciente de que no tengo especial talento para escribir, pero quería hacer algo, darte este pequeño homenaje, y dejar salir esa sensación que me lleva comiendo por dentro desde que todos tuvimos claro que te nos ibas. No soy de lágrima fácil, ni mucho menos, pero en esta ocasión derramo algunas lágrimas por tí, por lo injusto que ha sido tu fin. Espero que allí donde estés seas feliz.
Te echaremos de menos, Antonio. Descansa en paz.